Del AUTISMO PRIMARIO Y SECUNDARIO

Fue Francés Tustin quien consideró dentro del psicoanálisis ingles al autismo, Ella plantea un cuadro de autismo primario anormal Herí o de un vínculo que no favorece, desde el arranque, una subjetivación míni­mamente discriminada y define a estos niños como ameboidcos por su corporalidad blanda y floja. 


En cambio, se refiere a otro tipo de cuadros en los que se produce una separación corporal que resulta insoportable, por lo que sobreviene un posterior encapsulamiento que lleva al niño a replegarse en sí mismo. Según ella, se trata de un estancamiento precoz, del desarrollo con la constitución de una barrera protectora (rituales que resguardan la supervivencia, aseguran coherencia y mantienen a "raya" lo que aterra). Lo considera como un tipo particular de repliegue secunda­rio a una forma de depresión masiva, momento al cual el niño quedaba traumáticamente "fijado".

Tustin asemeja a estos niños con los crustáce­os, fortalezas vacías de Bettelheim. A estos niños es a quienes les corres­ponde el diagnóstico de autismo infantil precoz.

Además, plantea la existencia de lo que llama autismo secundario regre­sivo, que es efecto de una disociación de su desarrollo normal que queda dislocado. Son estos niños desorganizados, con logros perdidos, muy semejantes a los descriptos por Heller, quienes padecen en cambio, según ella, de esquizofrenia infantil.

El debate sobre el autismo como forma regresiva fue poco menos que clausurado por Winnicott: “Sólo se gana en oscuridad cuando se considera el cuadro autista en términos de regresión. El autismo es una complejísima organización de defensa en la que lo que vemos es la invulnerabilidad [que pretende] asegurar contra el retorno de una angustia impensable".

Entiendo que los autismos no son homogéneos, pero tienen algo en común: una aparatosa y rígida estructura, una fortaleza sin vida, desha­bitada.


Como veremos luego, la diferencia entre la psicosis y el autismo está dada por la capacidad -que puede estar ausente o muy dañada en el autis­mo- de representar y de lograr una representación de sí. En cambio en las psicosis, el niño padece de la desorganización caótica de sus representa­ciones, muchas veces terroríficas.

Consideramos autista entonces a un niño que presenta como síntoma nuclear la alteración de las capacidades intersubjetivas y de comprensión de las situaciones sociales, no adquiere lenguaje o lo hace lenta y extra­ñamente. Que no empatiza ni mira, que repite ecolálicamente y/o con una prosodia particularmente monótona, que no responde a su nombre, que se torna agresivo mordiendo, que se arranca las ropas, que se auto-estimula de manera suave o a veces violenta, que se apega obsesivamen­te a temas u objetos y pretende ritualizar esquemáticamente sus actos y movimientos y aun los de los otros, que a veces parece aterrado o con pesadillas. 


No es un niño solamente alterado en su desarrollo, sino que en él ciertas matrices de la subjetividad no se constituyeron, se han dis­torsionado o deteriorado. Sin que esto implique un registro reflexivo, un acuse de recibo, conflicto o angustia. En lugar de síntomas, hay funcio­nes inexistentes o trastornadas, entonces no hay habla, discriminación, autonomía, juego ni escritura.

El rasgo central de esta devastación es la ausencia llana de una repre­sentación de sí o de una representación de sí como viviente. 


Por ende hay dificultades severas en sus posibilidades de establecer lazo social con otros y de crear alguna forma de interioridad para consigo mismo. No hay entonces primera persona, ni yo ni me o mi. 

Podría decirse que ese cuerpo no está habitado por alguien. En ese páramo no suele haber nadie. Esa severa afectación de los modos de representación de sí (y de los otros), donde no parece haber una imagen especular y corporal, se combina con una desvitalización y un modo mecánico, maquínico de contacto. El rasgo exterior más característico del autismo es el repliegue, pero se combina a veces con situaciones de excitación, inquietud y acti­vidad. Estos rasgos son los que ponen el sello para la inclusión en esta clase de niños replegados, muy poco expresivos y con manierismos o bizarrerías que suelen estigmatizarlos socialmente.

Cuando de niños autistas se trata, encontramos una dificultad extrema apara comprender y sentirse comprendidos y responder a códigos socia­les compartidos; en ellos el lenguaje no ha echado raíces, no ha tomado cuerpo y sólo existe como ecolalia diferida con respecto a la cual se trata de generar una implicación subjetiva.

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